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sábado, 10 de abril de 2010

CRONIRIA


La poetisa Raquel Lanseros nació en Jerez de la Frontera (Cádiz) en 1973, aunque pronto se trasladó a vivir a León, en cuya Universidad se licencia en Filología Inglesa y en donde, en la actualidad, tiene su residencia. Completó su formación en Irlanda, Francia, Inglaterra e Italia y durante unos años estuvo muy vinculada a Murcia, al trabajar como asesora de formación de inglés en el Centro de Profesores y Recursos I de Murcia, actividad que compaginó con la traducción.

Entre sus libros, podemos destacar 'Diario de un destello' que, en el año 2005, le valió el prestigioso Premio Adonais de Poesía; y 'Los ojos de la niebla' (2008), con el que Lanseros se consagraría como una de las voces poéticas más depuradas. Ahora, la poetisa jerezana vuelve a la actualidad poética nacional con 'Croniria' (2009), un nuevo libro que le ha valido el XIII Premio Internacional de Poesía Antonio Machado, en Baena.

Además de publicar en numerosas revistas y publicaciones relacionadas con el mundo literario, la poetisa colaboró recientemente con el fanzine 'Manifiesto Azul', una publicación cuatrimestral de la Asociación Literaria 'Colectivo Iletrados' (http://www.colectivoiletrados.blogspot.com/) de la que soy miembro fundador. Lanseros colaboró en el último número de este fanzine con un inédito titulado 'Lançeros', que gentilmente nos cedió.

El próximo mes de mayo, la autora presentará su último poemario 'Croniria' en Murcia, un libro que aún no he tenido la oportunidad de leer, pero que a buen seguro no dejará a nadie indiferente. Una muestra de ello es este poema:

TRADICIÓN ORAL

Me gusta amarte hincada de rodillas.
Aquí, tan desde abajo, tan cerca de la tierra
relamo el palpitar de tu cuidado
y centro mi delicia en el transcurso.
No es de extrañar que el mundo sea redondo.
¿Qué forma iba a adoptar, sino la de mi boca?


martes, 2 de marzo de 2010

PALABRAS QUE SEDUCEN


Con La seducción de las palabras, Alex Grijelmo nos propone jugar a un juego, al juego de conocer lo que realmente dicen las palabras. A menudo la mayoría de nosotros nos quedamos con la parte más racional del significado, el qué, pero ignoramos el poder que se esconde tras ese velo, el cómo, el porqué, y lo más importante de todo, lo que no nos dicen las palabras pero sí sus “sentimientos”.

Grijelmo enfoca el libro presentándonos la palabra en su sentido más irracional, mostrándola a modo de metáfora como un recipiente que en su interior guarda un conjunto de sensaciones-sentimientos que en cualquier momento se puede desatar contra emisor y/o receptor.

La palabra vive, siente y evoluciona. Nace en un tiempo convertida en algo, en un significado, pero la historia, tanto la del hombre como la de la propia palabra, la pule y la moldea haciendo que evolucione, interaccione e incluso se metamorfosee.

En sus dos primeros epígrafes, el libro nos introduce en la palabra y en la seducción que ésta siempre produce, ya sea en su realidad social o en su realidad más individual.

El orador, como el escultor o como el pintor, es un artista. Es un genio que esculpe ideas y pinta con palabras realidades e historias. Y como genio que es, en cualquier momento, el sonido, el dulce aroma o la forma de transmitir las palabras, puede hacernos caer en la terrible seducción.

Don Juan, Romeo o el mismo Bécquer fueron grandes seductores, no por lo que eran en sí, sino por lo que eran capaces de hacernos sentir. Son grandes seductores porque nos enamoran con sus palabras. Esto tiene mucho que ver con el lenguaje del amor y de la conquista sentimental, donde la seducción de las palabras llega a su cumbre, porque “no hay nada mas grande que el amor y nada más fuerte que el querer”. El autor nos presenta variados ejemplos. En uno de ellos nos explica que es mucho mas seductor decirle a una amiga “¿Quieres que durmamos juntos esta noche?” que “¿hacemos el amor esta noche?”. Que el amor resida en el corazón, nos dice el autor, y no en el cerebro (que es realmente donde está), se debe en gran medida a la seducción de las palabras.

La publicidad vende y vende mucho. Es otro tipo de lenguaje seductor en el que se combina texto e imagen. Quizá, dice el autor, sea la imagen la que llama nuestra atención, pero por debajo, está esa frase acertada, cargada de fuerza subliminal, que archivamos en nuestra base de datos y nos manipula en cierto modo, los deseos y las necesidades.

Las palabras que dicen poco pero expresan mucho, la dulce derrota” y la amarga victoria” a las que se refería González en las elecciones de 1996, los términos antagónicos, las metáforas mentirosas, etc., componen buena parte del lenguaje político.

En la Alemania de la Segunda Guerra Mundial, sonaba muy bien eso de lucha de razas” y en cierto modo es comprensible, me explico. “Luchar” siempre implica la presencia de un adversario, y ante un adversario ( y más si es de otra “raza”, podría decir Hitler) es lícito defenderse, ¿o no? Pero, sin embargo, lo que proponía el duce con esa afirmación era bien diferente. Con el paso del tiempo esa frase fue “desenmascarada“ por la historia, y sus sílabas fueron tildadas por todos los horrores que ampararon. El autor vuelve a incidir aquí en el peligro que nos acecha tras cada afirmación, por eso da un toque de atención y nos advierte que los mecanismos de defensa (seguramente los únicos)...se relacionan directamente con la capacidad de reflexión del lenguaje. Grijelmo ve en este punto a los periodistas como complices y colaboradores del engaño, afirmación que parece, desde mi punto de vista, demasiado generalista (no todo es blanco o negro).

Otros de los mecanismos empleados en la seducción artificiosa de la palabras, consiste en emparejar una palabra con otra de un área de conocimiento diferente. Así se produce lo que el autor denomina la incursión en el área ajena. Pero no se crean que la cosa viene de lejos. Ya en la Grecia Clásica, en la Roma imperial, o en la misma Edad de Oro de nuestra literatura, escritores y poetas, utilizaban la técnica de la guerra a la hora de hablar del amor. Mezclaban términos bélicos con su más dulces palabras y así nos hablaban de sus estrategias o victorias. También el lenguaje deportivo utiliza la técnica: el artillero fusiló al portero.

Que un profesor se dirija a un aula diciendo alumnos y no alumnos y alumnas puede ser, según el autor, una herencia del pasado machista. En la actualidad estamos llegando poco a poco (y muy poco a poco) a lo que podría parecerse a la igualdad. Pero todos los siglos que nos han precedido siguen pesando y el lenguaje sexista se sigue filtrando.

Hablar de epopeyas, cruzadas, de castillos y de leyendas que cuentan historias mágicas, siempre ha resultado atractivo al oido y al intelecto, porque nos lleva al pasado glorioso de nuestro mundo moderno. Este uso de las palabras viejas en contextos modernos constituye quizás el engaño más dulce y difícil de rechazar, porque escuchándolas (las palabras) recuperamos algo del tiempo perdido y pasado, nos sumergimos en su sonido y en su olor, y aceptamos gustosamente el juego de la seducción, aunque nos demos cuenta de la trampa.

En el último epígrafe del libro, el autor hace una recapitulación acerca del valor, el peligro y la belleza de las palabras. Se podría decir que el último capítulo resume todos los anteriores y condensa de forma perfecta la idea del libro.

Es casi seguro nunca podremos apreciar toda la fuerza que las palabras nos transmiten. El autor, con ese dominio mágico que tiene del lenguaje, nos cuenta a modo de fábula, un cuento con moraleja; una historia, la gran historia de la seducción de las palabras, esas que tanto utilizamos y que siguen siendo las grandes desconocidas.

Seguramente su pregunta, la del autor, será: ¿Habré conseguido algo?. Y la respuesta, la de este lector que escribe, es un y un gracias. Y como en todos los buenos cuentos, tiene que haber un final, y a poder ser, bonito. El autor nos regala con la cita final el suyo: Las palabras pueden producir la melancolía con el sonido de un violín pero también la guerra con el sonido de los tambores. Las palabras engatusan y repelen, edulcoran y amargan, perfuman y apestan. Mas nos vale que conozcamos su fuerza.


sábado, 20 de febrero de 2010

EL TÚNEL


Existió una persona que podría entenderme. Pero fue, precisamente, la persona que maté. 'El túnel' de Ernesto Sábato pretendía al principio contar la historia de un pintor que enloquecía ante la imposibilidad de comunicarse. Pero conforme Sábato desarrollaba la narración, la obra fue recorriendo otros caminos, abriendo nuevos túneles y vidrieras y al final resultó ser mucho más que la historia de un asesinato. La novela, compuesta por infinidad de capítulos o túneles, tiene como columna vertebral el relato en primera persona del mismo protagonista: Juan Pablo Castel, pintor reconocido de su tiempo. Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne. Así comienza la narración.

La obra en su recorrido casi policiaco trata a través del protagonista, o mejor dicho a través de su conciencia, multitud de concepciones acerca de la búsqueda de la belleza, el amor, de la relación entre conciencia y mundo, del racionalismo y más muchos más. Castel es un hombre atormentado. El artista corre tras la belleza en un intento de apresarla, pero una y otra vez, caprichosa se escapa. Busca un asidero al que agarrarse para no enloquecer, porque que el mundo es horrible, es una verdad que no necesita demostración. El pintor a lo largo de su narración, nos irá enseñando lo complicado de su personalidad, siempre en continuo choque con la realidad.

Pero detrás de ese amor, de esa búsqueda desesperada por alcanzar la verdad, aparece con fuerza el problema central, su gran problema, la incomunicación. Castel se siente ajeno a toda esa sociedad de fiestas y de críticos cretinos, de hipocresía y mentiras, al igual que el protagonista de El extranjero de Camus. Un día todo cambia para él: una muchacha llama su atención. María Iribarne es sin duda alguna el otro eje o túnel de la obra. Se convierte en la razón de Castel, en su razón. Ella es la única que ha entendido su cuadro. Es la única que le ha entendido a él.

Su cuadro, al igual que su vida o su obra, constituye su túnel, él único túnel. Al fondo una ventana muestra una playa y una muchacha que camina. Esa ventanita será el único contacto de Castel con su mundo, y esa muchacha, su única salida. A partir de ese momento el pintor no vivirá más que para ella. Pero en su obsesiva carrera equivoca el camino: intentará solucionar su problema metafísico del amor/comunicación, a través de la razón y la lógica de las cosas.

Poco a poco a través de sus largas y exhaustivas reflexiones acerca de todo, el protagonista irá descubriendo que no todo era como pensaba. Un día descubre personalmente a Allende, un ciego que resulta ser el marido de María Iribarne. Este hecho desconcertará a Castel, pero no le hará abandonar en su empresa. A partir de ese momento y hasta la mitad de la obra es como si la pequeña escena de la ventana empezara a crecer y a invadir toda la tela y toda su obra. Durante ese tiempo parece como si definitivamente el pintor hubiera encontrado realmente ese ideal, esa dicha, pero esto será sólo un espejismo, una sombra más de ese túnel de su vida.

En la narración hay dos frases que nos avisan, nos informan de que algo va cambiar. Una la dice ella: hago mal a todos los que se me acercan, y la otra la dice él: si alguna vez sospecho que me has engañado te mataré como a un perro. A partir de este momento todo se llenará de sombras, y esa ventana se convertirá en muro. Realmente, ¿cuántos túneles hay?, ¿qué hay realmente de comunicación? El mismo protagonista se dará al final la respuesta.

Con la aparición de Hunter, primo del marido de María, todo se vendrá abajo, y la duda de un romance entre Hunter y María, cobrará fuerza. A partir de este momento la narración se convertirá en una profunda reflexión del pintor a cerca de todo, de todos los detalles y palabras que vio y ve en María. Comienza aquí el desenlace de la obra, desenlace que será dramático.

¿Es amor o dependencia lo que siente Castel? Desde un primer momento la relación que mantienen es una relación brusca, de prejuicios y obsesiones. El se aferra a ella como el marino que se agarra a una balsa, pero realmente no es amor, sino calma. El pintor odia al mundo y no tiene nada, sólo él y su obra, y María aparece como la salvación. Era como si los dos hubiéramos estado viviendo en pasadizos o túneles paralelos..., piensa en un primer momento, pero la realidad, la cruda realidad era que en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Todo había sido un espejismo. No había nada más que oscuridad. Ella...había sido como alguien detrás de un impenetrable muro de vidrio, a quien yo podía ver, pero no oír y tocar. En realidad nunca hubo comunicación entre el pintor y su amada, solo pequeñas ventanas, vidrieras por las que él creía comunicarse.

Sábato es magistral en este aspecto. Mientras la acción va planteando los pasadizos del túnel de Castel, el mismo autor escribe utilizando esta técnica. El túnel narrativo es la historia de Castel, pero ese túnel central, a su vez también está repleto de pasadizos y ventanas. Cada una de las meditaciones de Castel acerca de la vida, la vanidad, los críticos o la sociedad, abre un nuevo pasadizo, corto, que más tarde volverá a integrarse en el túnel central.

En mi opinión es una gran novela. No sólo por conseguir captar la atención del lector, sino por el tratamiento que le da al desarrollo y los temas: esa forma de mezclar la realidad con la ficción dota en algunas ocasiones al texto de una verosimilitud muy grande, que te hace ser por momentos el mismo Castel, e incluso te hace en ocasiones comprenderle y compartir sus concepciones.