Soy bueno encontrando argumentos que posterguen el lo siento, un es culpa mía o el no te enfades, pero muy malo para ir tras de ti cuando está a punto de desbordarse el abismo de tus ojos verdes.
A veces no me ayuda tu hermetismo a detenerme a tiempo, a respirar hondo, a simplemente romper la distancia con un abrazo. A veces, las menos, ese hermetismo me hace gritar por dentro y el eco deformado de sus palabras lo empaña todo mucho más.
Nadie puede sacarse de la manga una sonrisa, una mirada, el término apropiado en el segundo anterior al disparo orgulloso como un rayo de la defensa propia. Pero todo el mundo puede intentarlo.
Cada cierto tiempo necesito apostatar de mis poetas nuevos favoritos para comprender realmente la vida. Quizá porque nací entre sábanas que olían a detergente y limpio no comprendí nunca a qué sabe la tierra, a qué sabe la tierra seca cuando no hay otro alimento.
Vuelvo al poeta de los nombres con la necesidad de recobrar el sentido, con la esperanza de que sus palabras, sencillas como un arroyo que se abre paso en la oquedad de la roca, calen en lo profundo del alma y pueda ver las cosas de otra manera sin tener que mirar distinto.
Cada cierto tiempo necesito apostatar de mis poetas nuevos favoritos para decir sangre y que su sabor amargue mi boca y recobre la vida todo el valor de los que se han ido; o para decir hierro y que su frío ponga en pie de guerra a los adormecidos días.
Vuelvo al poeta de los nombres para levantarme contra la niebla de mi poesía, para hacerla sencilla y clara como el silencio, metálica y cortante como un filo, para que pueda decir amor y sobren las palabras al decirlo.
Para ello he vuelto hoy a apostatar de mis poetas nuevos favoritos, para que el dolor no sea una brillante metáfora y duela al decirlo, para que el horror sea una brillante metáfora y podamos decirlo.
Las noches como esta deberían ser la vida, con nuestra sangre derramándose en el aire como el polen en primavera, con el vino circulando por las venas como única materia viva que azuzara con su latido la melancolía.
Nunca me he sentido más desnudo yendo tan vestido, porque en noches como esta el traje no es capaz de retener en el cuerpo los recuerdos, y al final acaban alojados en la garganta como un nudo que a modo de corbata disimulara mis ganas de llorar por ser feliz.
Las noches como esta deberían ser la vida, porque es imposible ser más feliz teniendo en ambas manos todo el amor posible, como si los márgenes de la vida hubieran desaparecido y en su lugar sólo hubiera un único centro, como un horizonte eterno en el que nos movíamos y veíamos sin distancias ni ciudades, sin excusas ni propósitos.
Acercarse a la barra era ir reconociendo en el camino trozos de nuestra vida que se movían al son de una música que no importaba, porque éramos nosotros las notas de la partitura que volvía a sonar afinada después de tanto tiempo.
Rafa era como una canción de Fito Paez, una que he escuchado miles de veces y siempre me sorprende en su estribillo; Fran volvía a ser una de Platero, con su fuerza y sus letras empapadas en whisky de barato; Basi hubiera sido cualquiera de Manel, pero se movía tranformado en un camaleón que cambiaba de color según la melodía; David se convirtió en una canción moderna, revival capaz de conjugar el polvo de los discos viejos con la mano asesina del dj; y Paco era como una canción de Demis Roussos, radiante con su frac y sus zapatos de charol, la elegancia que daba coherencia a la noche.
Hubiera elegido vivir la vida entera en una noche como esta, porque las noches como esta, tan alejadas del presente, tan cercanas al pasado y al futuro, deberían ser la vida.
El secreto de la economía viene dado por la confianza en los mercados y la fortaleza de la moneda de cambio al salir a pelear en los circuitos financieros.
Pero es cierto, tu misma lo dijiste, no todo el mundo tiene la fortaleza de la economía china para aguantar las palabras escupidas por mi corazón enrabietado, por un corazón armado hasta los dientes de razones.
El secreto de la economía, es cierto, viene dado por la confianza en los mercados y la fortaleza de la moneda de cambio. Pero uno ha de saber renunciar al comercio de razones cuando el fin no es el asalto a un tercer país cargado de posibilidades, sino un corazón cansado de crisis financieras.
Me hice poeta para evitar decir a la cara las verdades del corazón. Tenía 17 años y algunos granos y creía firmemente que la poesía me abriría las piernas de la vida.
Nadie me quiso durante años.
Me hice poeta para poder decir a la cara la verdades del corazón. Tenía 24 y el pelo largo y creía firmemente que la poesía mantendría intacto el amor contra el paso del tiempo.
De él, sólo me quedaron las cenizas.
Me hice poeta para poder enterrar en la memoria todos los arañazos del corazón. Tenía 27 y me explotaban de becario y creía firmemente que la poesía jamás serviría para ajustar con la vida cuentas pendientes.
Este poema ya tiene algún tiempo, digamos casi seis años, y lo escribí en mi estancia de un año en Catania, en la bella isla de Sicilia, justo donde Polifemo se enamoró de Galatea. No es un poema especialmente bello ni técnico, pero representa un periodo de mi vida que ha sido importante para lo que soy como poeta y como persona.
Vuelvo de mi letargo blogero con la intención de volver con fuerzas renovadas para mantener con post la vida de mi bitácora, y que mejor que hacerlo con poesía y un ciclo que nace con vocación de continuidad, como todo lo que hacemos los iletrados.
Así, Colectivo Iletrados y yo en persona os invito a que los siguientes cinco viernes os paseis por el Shantí Vasundhara, a partir de las 21.30 horas, para disfrutar de los versos de Raquel Lanseros, José Daniel Espejo, Joaquín Piqueras, Juan Manuel Sánchez y un servidor. Todo está dicho.
Como dice Sabina, al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver, pero sólo si lo que se busca es encontrarlo todo como se dejó. Las personas cambiamos tanto que una ciudad visitada por segunda vez podría parecer la misma, pero tampoco eso es cierto. Cuatro años han pasado desde que comí por última vez la cartucciata, l'arancino y una buena granita con la brioche, y aunque la ciudad me mira con los mismos ojos sé que tiene nuevas canas, alguna arruga, nuevo sueños.
Desde el avión la encuentro desordenada, caótica, distribuida de una manera muy siciliana alrededor de la falda del Etna, siempre humeante, amenazando con volver a incazzarsi para volver a destruirlo todo por séptima vez (Catania ya ha sido arrasada por la lava seis veces). Esta vez no vengo sólo como en 2005, cuando era un sobreviviente en busca de equilibrio, aunque se podría decir que soy el mismo puzzle que entonces, sólo que más ordenado y sereno. Mi mirada no busca en sus chispazos cortejar a la vida como antaño, porque afortunadamente es ella la que me sigue cercana.
Todas las piedras están en su lugar, geométricas, gastadas. Y en el centro de Piazza Duomo, L'elefantino, un paquidermo africano que recuerda el pasado cartaginés de la ciudad. Frente a él, la catedral, uno de los pocos edificios que no fue levantado con la piedra nera, quizá buscando que su luminosidad exterior entrara en contraste con el alrededor. Pero se hace de noche y me entran ganas de comer. Abandono mis reflexiones y me entrego al placer de la comida siciliana. Por la noche, Catania se adecenta como cualquier otra mujer y saca sus terracitas a la calle, formando unos rincones maravillosos e impensables que no se ven a primera vista.
Al volver la vista tropiezo con la Piazza Università, una de las pocas construcciones restauradas de la ciudad, y junto a ella La Coleggiata, un restaurante coqueto y acogedor que tiene fama de hacer las mejores pizzas de Catania. Comérselo todo es imposible, así que decidimos bajar la cena con un cocktail en un lugar alejado y escogido, que años atrás fue mi cuartel general. Inma y yo no estamos solos, han venido amigos, de los muchos que dejé en la isla, porque si existe una cualidad general que define a los sicilianos es su hospitalidad a corazón abierto. También por eso me gusta L'Agora, porque es un lugar para hablar de cosas importantes en compañía. La particularidad de este albergue es su maravillosa gruta, una grieta abierta en la lava que destrozó la ciudad por última vez en el s.XVII y que, además, se encuentra recorrida por un río junto al que se puede comer y cenar.
A la mañana siguiente, unas voces en dialecto nos despiertan, podría ser el panadero o un simple gorrilla enfadado con los carabinieri, pero en cualquier caso lo tomamos como una señal y nos levantamos. En Sicilia, como en el resto de Italia, los horarios de las comidas son diferentes a los de España (se come y se cena una o dos horas antes), así que la colazzione cobra un papel primordial. Estamos en verano y la ciudad tiene un clima parecido a las ciudades del sur peninsular, así que la mejor forma de empezar el día es con la granita con la brioche, una especie de granizado de múltiples sabores (el de almendra es el más característico de Catania) realizado con leche y que es típico de Sicilia.
Tras el desayuno, con una voces que parecen de marineros llegados a puerto se anuncia la fiera, un mercado caótico e interesante que ofrece por sus pasillos un recorrido necesario por el corazón de la ciudad y sus gentes. Sólo así se pueden entender las contradicciones que han hecho de la isla un maravilloso material de cuentos, leyendas y películas imprescindibles. No existe ya la mafia, aquella que utilizaba el lenguaje de las pistolas para hacerse entender, pero la sensación de que su recuerdo aún vive se ve en cada uno de sus rincones. Ahora es blanca, dicen, aunque yo creo que simplemente se ha civilizado y que nunca desaparecerá.
Fundamental es también la pescheria, otro de los mercados de la ciudad en el que se puede comprar el mejor pescado y carne de caballo de Catania. Está situado junto a la catedral, en el barrio al que da nombre, y una de sus estradas está presidida por la fontana de Fernando de Aragón, una pequeña construcción en mármol que homenajea, con la boca pequeña, nuestro paso conquistador por el 'Reino de las dos Sicilias'.
Pero el tiempo pasa velozmente y del viaje van cayendo los días como las hojas de los árboles en invierno. La ciudad no es muy grande, pero aún debemos encontrarnos con la Piazza Teatro Massimo recién restaurada, una plaza situada a las espaldas de la catedral que conocí en obras y que no pude disfrutar en su esplendor, durante las largas noches de bordello que pasé en los múltiples garitos que adornan su madrugada. Así como me marché de la isla hace ahora casi cinco años, el viaje agota sus últimas horas del mismo modo que los sin techo su cartón de vino, así que Inma y yo nos proponemos despedir a la ciudad junto a Villa Bellini, el segundo mayor jardín de Catania. Allí, en una de las esquinas del giardino se encuentra Scardaci, una pastelería-confitería que presume, y no en vano, de hacer los mejores cannoli cataneses (aquellos rellenos de ricota). Con su dulzor en el paladar, nos marchamos al hotel caminando, con la ciudad milagrosamente en silencio y convencidos de que, sin maldad alguna, hemos contradicho lo defendido por el cantautor en su verso.
Buscábamos la diferencia con la insistencia del deseo, en unos años en que la vida se movía más por los márgenes que por el centro de camino.
Y caminar sobre la línea tenía algo de maravilloso que con el paso de los años hemos perdido: el placer de la inconsciencia, el poder de lo desconocido, la capacidad de ser otros sin dejar de ser los mismos.
Salíamos al mundo con el cuchillo entre los dientes, tatuando nuestra historia en los árboles que al dejar desamparados conformaban en nosotros una forma de ser diferentes.
Buscábamos la diferencia porque la semejanza no podía completarnos de niguna forma posible, y aunque al final no pudiéramos mezclar agua y aceite el intento era una forma de fracaso muy digna que nos daba la medida de nosotros mismos.
Y caminar sobre la línea tuvo algo de maravilloso que los años con su paso nos han devuelto: la diferencia que buscamos en cada espejo ha ido conformando la silueta de lo que somos, una suerte de puntos enhebrados en el desconcierto que nos ha dado la medida de nuestro terror pero tambien de nuestro sosiego.
Sin botas y tendida en la alfombra la diferencia de los cuerpos a media luz era insignificante. Estábamos tan cerca que sólo podíamos respirar el aireque quedaba tras los besos.
La casa estaba medio vacía y era como si la vida latiera escondida en sus armarios, en busca de ropas que guardaren un presente por-venir. Fuiste tajante con el vestido, había que dejar algo para mañana, algo que nos hiciera pensar en el futuro sin la certeza de que existiera.
Me sorprendió cómo te desabrochaste el corazón con ansia y te dejaste puesta la vergüenza: amaestrabas el deseo con la precisión de un domador de circo, con la presteza de una contable que ve como le cuadran, por vez primera, los números. Volviste a ser tajante con el sexo, porque sería para nosotros como un candado que nos haría sus prisioneros, pero flexible en todo lo demás, y dibujé sobre tu cuerpo el mapa de los sentimientos,dejando sobre tu vientre migas de panpara mi vuelta.
No cantó el gallo a la mañana pero la luz entró en la casacon la violencia de cientos de ojosfruncidos de ceño. Fue inevitable volver la vista atrás, volverla hacia delantepor ver si nuestros ojos se encontrabanya vestidos. No te preocupes, soy muy discreta, repetiste, pero la discreción sonaba tan absurda con el corazón calado hasta los huesos que el sabor de los besos fue amargo por vez primera. Me fui de allí vestido de indioy con las plumas revueltas, envueltoel corazón en el miedo de haberlo apostado todo a una mano sin haber tenido el valor de levantar tus cartas. Me fui de allí vestido de indio y con las certezas desechas, convencido de que nada volvería a ser como antes, confiado en que nada lo fuera.
Indolentes con el tiempo que perdemos, confiamos que la vida, en un alarde confianza nos devuelva en algún lugar del trayecto el tiempo confinado allá lejos, para contemplar serenos el río que ha de pasarnos a la otra orilla.
Con el dolor almacenado en la alacena, algunos pudieron durante una vida dejar impreso sobre la hoja de un árbol de otoño la belleza caduca de un instante. Otros erraron en la búsqueda y los instantes no fueron de tiempo, sino de heridas mal curadas aún abiertas en su cuerpo yacente.
Quien vive más de una vida, de vagón en vagón, polizón sin fronteras. quien vive más de una vida como una hoja afilada que al besar el corazón lo dejara sin plaquetas… Quien vive más de una vida, dejándolas (botellas abiertas en un día de fiesta) sin enhebro, más de una muerte ha de morir.
Sobrevivir ya era tarea suficiente - pensó Oscar Wilde - para ser la fulana encaprichada de cualquier marinero errante. Ulises ya murió. Más hermoso fue arrojar la vida por la borda, darla toda sin calcular su peso, sin ser puta o ladrón, no hacía falta vivir tantas vidas para que la propia alcanzara el brillo efímero de la juventud. Pero entonces éramos el tiempo en potencia.
Nunca nos fue mal la vida. Siempre estuvimos cíclicamente cercando esa zona de la soledad que aprieta pero no ahoga, y quizá porque la vida era eso, no nos planteamos luchar con las garras panza arriba, porque como las cosas no podían ir a peor –amigo Kafka- mejoraron.
Me gustaría ser como el mimbre, moldeable en las manos del artesano, maleable en las manos de cualquiera. Una maraña de finas venas que, unidas, se hacen fuertes y sobreviven estoicamente al paso del tiempo.
Me gustaría ser como el mimbre, frágil en los momentos de fragilidad, rígido en los momentos de dolor. Ser como el mimbre reposado, un abrazo entretejido y capaz de modelarse en curvas imposibles sin miedo a que todo se rompa, por que esa es tu virtud envidiada: doblarte hasta la ruptura sin que nunca te llegues a romper.
Incipit hoy tragoedia, hoy que recordé otro tiempo en el que los días eran distintas lunas; los sentimientos crecientes instantes como masa de pan caliente; y las palabras ondas repetidas de la piedra lanzada al mar.
Comienza hoy el naufragio, hoy que no es tiempo cifrado sino pedazos aislados de memoria, errante material de sueños perdidos durante la madrugada, de una noche que casi no recuerdo si no fuera por su luna llena de caramelo quemado.
Empieza hoy el descenso a la laguna del caminante errado. Preguntas asaltan ante el espejo, respuestas reflejan mis ojos mojados por la mota de polvo de un camino dejado atrás. Listo todo para el viaje, (el barco amarrado a puerto, vacío de deseo, desangrado de esperanza en el agua que le rodea), parto hoy como lo hice ayer, como hace un mes levando el ancla. Y las amarras, celosas, se enroscan a los olivos como serpientes hambrientas.
Y yo como una sirena varada, me quedo mirando en el mar la luna nueva que en el mar riela, esperando el comienzo de la tragedia, sin que nada empiece totalmente, sin que nada termine de veras, solo como una gota de lluvia resbalando por el mástil de mi cuerpo, solo como una lágrima sola deslizándose por su mejilla de madera; sin amarras y sin vida, sin partida ni reencuentro, flotando sobre el cristal sereno del mar manchado de estrellas.
Entre los espacios interiores y exteriores, la quinta clase del taller discurrió sobre la importancia que tiene en la estructura del relato la configuración del espacio narrativo. Para ello, Álvaro vino cargado de teoría y sabiduría popular en su presentación power point.
Los asistentes, pocos, pero de lo mejorcito, tuvieron que ejercitarse en la creación de textos en los que entraran en juego los espacios externos, como por ejemplo un amanecer visto en seis colores; o internos, como ocurrió con el manicomio en el que, a ojos del enfermo y del sano, se nos describía su sala de visitas.
En la práctica de este texto, hay quien puso más loco al cuerdo o más cuerdo al enfermo, eso no era lo más importante. Lo clave era pintar con palabras las pareces del siquiátrico y en este punto, los alumnos se mostraron soberbios. Hubo enfermos que no reconocieron a su madre, o que simplemente veían el patio común demasiado sucio, algunos optaron por ser omniscientes narradores, mientras algunos optaron por cederles la palabra a sus personajes.
Entre lo pasado y lo que aún tendría que llegar, el segundo día del curso transcurrió sin grandes sobresaltos. Quién les iba a decir a los alumnos del taller que, un martes 20 de abril, iban a sudar la gota gorda con eso de los saltos temporales (prolepsis). Sin embargo, se apuntaron para nuestro gozo, y llegó el dichoso martes, ese en el que el Pep Team hizo el ridículo frente a unos malnacidos italianos, porca miseria, y los alumnos afrontaron estoicamente un tema sencillo en la teoría, ameno cuando se escucha, aunque un poco más arduo en la práctica.
Aun recuerdo cuando nos pusimos frente a ellos por primera vez (analepsis), era también martes y en sus miradas había una mezcla de excitación y miedo. Ayer tocaba uno de los temas más densos del programa: el tiempo narrativo. Pasamos la tarde entre saltos mortales que iban y venían del pasado al futuro, y por un momento fuimos como trapecistas de un circo del tiempo, en el que el tiempo era como un chicle que, en manos del autor, podía estirarse todo lo necesario.
Y es que, aunque ayer no tocaba realizar ningún cadavez exquisito, una de las alumnas, Maria Lourdes Pérez, quiso agraciarnos con un relato corto, un microrrelato que es un canto alegórico a la libertad. Así que, pensé en traelo al blog. Os dejo con 'Berta', que es así como lle llama...
Un día más. Sale el sol, que es lo único que alegra la vida a Berta. Se mira a sí misma y observa que sus largas hojas siguen ahí, verdes y radiantes. Pero no rezuma alegría. A Berta le persigue una utopía desde hace tiempo.
Quiere ser humana. Pensamiento que retumba en su mente. Se imagina bebé, balbuceando los primeros sonidos, sonriendo a los que le miran embobados. Se imagina niña, jugando con muñecas o empezando a aprender a leer. Se imagina adolescente, expectante a los cambios que se manifiestas en su cuerpo. Se imagina el primer amor.
Berta siente un rayo de sol y se estremece. Quiere llorar pero no puede. Se imagina mujer. Una mujer dulce y serena, activa y erudita. Se imagina. Quiere Berta gritar, sumida en el desencanto, pero no puede. No es, empero, un día más.
De las raíces de Berta empiezan a brotar dos extrañas protuberancias que, poco a poco, van adquiriendo forma y le despegan y arrancan de la tierra del inmeso tiesto donde ha estado clavada toda su vida.
Berta puede moverse. Se amosa al balcón con ademán de encaramarse al vacío y, en ese sutil instante, un nuevo rayo de sol le penetra, y mira al cielo. Mira a sus hermanos, a un lado y otro, anclados en su absurdo conformismo, inmersos en un ciclo perenne, mecánico, que ella no está dispuesta a aceptar.
"Adios familia. Tendré otra oportunidad en la reencarnación". Fuerton las últimas palabras de Berta.
Ayer comenzó el taller de Escritura Creativa en San Javier, después de que el pasado martes los miembros del Colectivo Iletrados presentáramos el programa del curso. De este modo, ayer fue el turno de Álvaro Pintado, quien con numerosas referencias a la Teoría Literaria, a grandes escritores y a su experiencia personal nos ofreció algunas claves y trucos para enfrentarnos a la HOJA EN BLANCO, ese primer escollo que se encuentra el escritor en su camino por desarrollar un proyecto más grande.
Los alumnos del taller se mostraron en todo momento participativos y con ganas de romper ese primer telón de acero con el que la pureza de la 'hoja vacía' nos mira desde su atemporalidad. Entre las definiciones que los propios alumnos aportaron destacaron las que relacionaban el comienzo de la escritura como un espejo ante el que mirarnos, el inicio de todo creado, el reflejo de la mente, la libertad en potencia, un contenedor de ideas y una mezcla de inquietud e ilusión ante esa nada primera.
De este modo, para romper la virginidad inmaculada del papel Álvaro y un servidor propusimos varios ejercicios. El que sin duda tuvo mayor repercusión fue la realización de un CADÁVER EXQUISITO, un texto compuesto por todos los alumnos del taller, los cuales aportaron cada uno una o dos líneas sin conocer la temática ni la extensión de los proposiciones de sus compañeros. Yo me encargué esta vez de poner orden a todas esas frases, sentimientos, ideas y disposiciones, y el resultado fue bueno, muy bueno. Lo tuve fácil porque las propuestas de los alumnos fueron interesantes, así que decidimos que podíamos hacer una serie de cadáveres exquisitos que iríamos colgando en el blog del Colectivo. Os dejo con la primera de esas creaciones:
CADAVER EXQUISITO NÚMERO 1
El paseo sigue en obras y la abuela se fue volando. Nunca pensé que esto me pasaría a mí, creía que esas cosas sólo pasaban en televisión. Congelar el miedo para intentar descongelar el alma, porque aunque ya lo habíamos planeado todo, de repente cambió de opinión por idiosincrasia colectiva. ¿Para qué vamos a volver?
En ese momento no quería cruzar la calle, pues sabía que su destino al otro lado no iba a ser bueno. Cada vez sentía más miedo y le dijo una cosa al silencio de su alma. Siempre termino cediendo, soy débil, me encanta verla sonreir, siempre termino cediendo. Siempre gano, porque siempre quiero verla sonreir...Sonó el despertador, era tan temprano, pero a la vez tan tarde, que sintió todo el peso de la mañana en su espalda.
La poetisa Raquel Lanseros nació en Jerez de la Frontera (Cádiz) en 1973, aunque pronto se trasladó a vivir a León, en cuya Universidad se licencia en Filología Inglesa y en donde, en la actualidad, tiene su residencia. Completó su formación en Irlanda, Francia, Inglaterra e Italia y durante unos años estuvo muy vinculada a Murcia, al trabajar como asesora de formación de inglés en el Centro de Profesores y Recursos I de Murcia, actividad que compaginó con la traducción.
Entre sus libros, podemos destacar 'Diario de un destello' que, en el año 2005, le valió el prestigioso Premio Adonais de Poesía; y 'Los ojos de la niebla' (2008), con el que Lanseros se consagraría como una de las voces poéticas más depuradas. Ahora, la poetisa jerezana vuelve a la actualidad poética nacional con 'Croniria' (2009), un nuevo libro que le ha valido el XIII Premio Internacional de Poesía Antonio Machado, en Baena.
Además de publicar en numerosas revistas y publicaciones relacionadas con el mundo literario, la poetisa colaboró recientemente con el fanzine 'Manifiesto Azul', una publicación cuatrimestral de la Asociación Literaria 'Colectivo Iletrados' (http://www.colectivoiletrados.blogspot.com/) de la que soy miembro fundador. Lanseros colaboró en el último número de este fanzine con un inédito titulado 'Lançeros', que gentilmente nos cedió.
El próximo mes de mayo, la autora presentará su último poemario 'Croniria' en Murcia, un libro que aún no he tenido la oportunidad de leer, pero que a buen seguro no dejará a nadie indiferente. Una muestra de ello es este poema: