Mucho antes de que surgiera en mí esta necesidad de buscarme constantemente en los espejos, antes de tocar con mis manos el prodigio de dar vida a lo que no la tiene, viajé por el mundo a lomos de un río que me mostró la tierra tal y como era, sin engaño ni artificio. Liríope me trajo al mundo con la misma esperanza y miedo que toda madre al engendrar una vida. Pero los dioses, que todo lo saben, obviaron que las profecías, los oráculos y las supersticiones sólo se cumplen en los creyentes. Quizá por eso debí morir ahogado por mi propia belleza hace tiempo. Sin embargo, cuando llegó ese momento y estuve frente al cristal sereno del río, justo cuando el agua me devolvía esa media sonrisa con la que nací, no sentí la tentación de besarla ni siquiera de quedarme allí contemplándola durante horas. Al verme ahí, agachado junto al espejo, me sorprendió la imagen delicada de una ninfa, como un destello que eclipsara mi propia imagen y la convirtiera en algo vulgar y ridículo. Puso entonces su mano en mi cabeza y tras despeinarme los cabellos dijo: Ven conmigo, prometo ser muy discreta.