Las luces de la noche no brillan ya más que en el recuerdo, cuando andábamos como gatos mojados debajo de cualquier nube. Los espejos, los cristales de las botellas y las miradas nos devuelven la imagen de un Max Estrella venido a menos, sin motivos para deambular, sin excusas para abrazarnos a las farolas como a pecios salvadores. El alcohol no nos vuelve ya adivinadores de sueños, no nos convierte en elocuentes muchachos sin nada que perder, ni siquiera nos sirve de excusa para disparar con la mirada desde ciertos ángulos de la noche. La única farola que reconozco ya es la que alumbra mi llegada a tu portal, cuando en noches como esta, sin albas sangrientas que nos anuncien, me esperas en lo oscuro de un cuarto para decirme te quiero, desvístete rápido o pégate a mi que me sacudas el frío.