
I
¿Será quizás el amor un estado del fuego?
¿De ese fuego que lo incendiaba todo
cuando la juventud andaba mecida
como una hoja recién caía del árbol?
Era fácil contagiar la luz sin medida
cuando el alma aún era virgen,
como un tallo verde y fresco
nacido en la humedad del río.
Pero en la sequía o en la helada
el alma olvidó la inocencia
que le hizo formular sus deseos,
y aprendió con arte a esquivar el frío,
convirtiendo su corazón
en dura piedra de camino.
II
¿Será quizás el amor un estado del fuego?
¿De ese arder enteramente del alma,
cuando ingenua se extinguía la llama
ahogada por su propio deseo?
Erraba el camino el alma joven
creyendo que era el arder lo que importaba,
pero no existe cantidad ni proporción
adecuada en el arder.
Su fracaso no fue apagarse
pues toda brasa es hoguera en potencia.
No saber contagiar su luz con armonía fue su fracaso,
no quemando, sino siendo resplandor;
no cegando, sino revelando una verdad;
no consumiendo, sino encendiendo la esperanza..
III
¿Será quizás el amor un estado del fuego?
No existe luz que no cegue en el mirar
ni llama que no queme en su tacto.
Si el fuego abraza a los amantes
no nació de un chispazo inesperado
como la brasa en una caricia de viento…
Si el amor no consigue ser un estado del fuego,
es mejor dejar que se consuma en silencio,
a la espera que en la noche indefinida
un nuevo soplo de vida despierte al alma
de su letargo,
como a la brasa el viento
con su caricia redentora.