No necesito tu voz como un objeto cortante que al cerrar mis manos las desangrase hasta que la piel, como la de un tronco viejo, confesara o muriera fusilada.
Tampoco tu silencio impenetrable como la escarcha primera del invierno, que no se puede cortar con palabras, que no se puede esquivar sin acabar empapado de melancolía.
Necesito que tu voz y tu silencio puedan romperse como se rompen una multa o un contrato temporal, en mil pedazos que no puedan juntarse y sólo sirvan para avivar cualquier fuego que nos de calor.
Siempre imaginé que mi vida no me daría más de lo que ahora tengo. Me fue preparando el camino para amar más al mundo cuanto menos recibía de ella.
Los vasos comunicantes que permanecieron vacíos en la adolescencia se nivelaron con los que siempre estuvieron llenos y es esa uniformidad después de todo lo que me ha mantenido alerta.
Escribo en renglones torcidos cuando tratan de ponerle una falsilla geométrica a mi poesía y guardo la pulcritud en cambio para cuando me asalta el papel como un océano o una ciudad en la que fui extranjero.
Trato que mi venas sangren en la uniformidad todas las guerras en las que no me tocó matar o morir y son tan sólo cuentos de papá.
Me las corto para teñir de tojo vida, de rojo fuego mi versos y que no parezcan un mero ejercicio de arquitectura poética, de imágenes conseguidas al mezclar el agua y el aceite que todas las palabras contienen.
Pero a veces no sangran y es tanta la vida que fluye por mis arterias que tengo la sensación de ser un planeta alejado de toda constelación, un mundo posible que puede estallar en miles de ciudades diferentes en donde el dolor corte el aliento como el pañuelo que se agita desde ciertos trenes al alejarse.
La sangre será siempre sangre y la poesía sólo poesía, pero quiero que de mis venas nazcan versos y de mis versos sangre que me de la vida.
"Jamás estarás solo. Viajarás muy lejos, mi pequeño Kal-el, pero no te abandonaré ni aún cuando la muerte nos lleve. La riqueza de nuestras vidas pasará a ti. Todo lo que tengo, lo que he aprendido, mis sentimientos, todo eso y más pasará a ti, hijo mío. Seré tu compañero de todos los días de mi vida. Harás de mi fuerza la tuya. Verás mi vida a través de tus ojos y yo la tuya a través de los míos. El hijo se convertirá en padre y el padre en hijo. Ese es mi legado, todo lo que puedo darte Kal-el". (Jor-el, mi padre)
No soy de acero ni puedo ver a través de los objetos, pero a veces te hago volar sin levantar los pies del suelo.
Como Supermán mi fuerza me viene de los rayos del sol y desprendo tanto calor que mi corazón parece proceder de otro planeta, más cálido quizás, menos pervertido por la flaqueza humana.
No mido 196 ni peso 102 kilos pero soy capaz de levantarte sin esfuerzo cuando caes, arrancándote una sonrisa cuando todo parecía predestinado a la lágrima.
También estoy enamorado de la raza humana y quizá por eso no necesito un disfraz para ir a salvarte de los malos augurios, porque sin ropa puedo seguir siendo un superhéroe.
Mi herencia kriptoniana sigue provocando la envidia de malvados camareros (pagados por Lex Luthor) que tratan de matarme sirviendome kriptonita en cada copa, pero mi superolfato es todavía capaz de distinguir el elixir de la cicuta.
No te podré dar un paseo interplanetario pero te prometo que, en algunas noches, si cierras bien los ojos podrás ver el firmamento con la misma claridad que Lois sin tener que salir de la cama.
Mentiría si dijera que no me gustaría tener su superaliento para barrer de un soplo toda la suciedad pegada al mundo, pero a cambio tengo una intuición de niño recién nacido para distinguir el dolor de la alegría en tu mirada oceánica.
Ahora podrás comprender por fin mi extraño horario de media jornada en festivos. El mal no descansa nunca y yo tampoco.
No es casualidad que venga la lluvia con su música a silenciar el ruído de un mundo que solo a voces parece imponerse al silencio.
La lluvia, ya sea de recuerdos o de agua clara, no deja a nadie indiferente en una ciudad en la que nunca llueve, y como al amor podemos tan solo esperarla bajo el peso de las sábanas o a cielo descubierto, sudándola poro a poro o absorviendo su humedad hasta que se nos calen los huesos.
Tampoco es casualidad que venga con su música a silenciarlo todo, ni que a su paso deje unicamente un repiqueteo de gotas sin ritmo una vez que la gente ha huído a refugiarse de ella bajo el peso de sus sábanas.
La lluvia, ya sea de recuerdos o de agua clara, no deja a nadie indiferente en una ciudad en la que nunca llueve, pero como al amor, he preferido siempre esperarla a pecho descubierto, sintiendo que mi piel es otra ciudad en la que no hay ruído y por la que te llueves constantemente.