Hay una ciudad en donde las soledades aún se miran un instante antes de cruzar los chaflanes de las plazas, los pasos de cebra corridos sobre el asfalto por el calor. Después desaparecen en silencio como un ovillo de lana tras la puerta, dejando tan solo un hilillo de esperanza a su paso. En una ciudad así, en donde la soledad no puede compartirse de manera alguna, uno no puede soñar ni siquiera con los ojos abiertos, tan solo recordar otras ciudades en donde hacer estas mismas cosas de siempre sin sentir sobre el pecho ese peso que deja agosto sobre el alma. Un par de yonkis discuten en la puerta de una iglesia: los beatos tampoco vendrán hoy. Mas nos valdría colgarnos de una soga, dice uno. Y si vienen mañana, responde resignado el otro.
Nos poníamos discos viejos porque sólo el pasado era capaz de embriagarnos. Contábamos las mismas historias de siempre un año más y aunque el pasado es inalterable nuestros ojos de arena lo retomaban nuevamente en sus puntos suspensivos. Esas historias de siempre, las hazañas que nos convirtieron en seres únicos, se convertían entonces en otras. Esa forma de alterar lo sucedido nos daba la vida por un momento, después, con la última copa, el presente se imponía sin rechistar hasta el siguiente verano. El desfile de cadáveres exquisitos convertían el salón, un banco de un parque o la barra de cualquier bar en un museo de cera. La claridad de los rostros y el filo de sus palabras se clavaban en nuestros pechos con todo el peso del tiempo, pero sin herirnos ni salvarnos. Su hoja salía de nosotros sin rastro de sangre, pero su brillo iluminaba los espacios vacíos como luciérnagas en una noche sin luna. A veces un poema que trata de remover el pasado se convierte por un instante en el futuro que siempre hubiéramos deseado.