Soy violento con las palabras cuando tengo que tomar por la fuerza algún enclave bien defendido del corazón. Sin embargo, en mañanas como ésta me veo derrotado por otras palabras cantadas en una melodía extraña para un café lleno de turistas y de tapas muy typical recalentadas. Me sorprendo a mí mismo, yo que disparé sin compasión ráfagas de razones sobre terrenos conquistados, con las lágrimas asomándose por mis ojos y con unas ganas irrefrenables de escaparme allá a donde estéis, para corrernos una juerga que nos deje dormidos o nos lleve a la tumba. Después termina la canción y el llanto sólo queda en un gatillazo emocional, en la imagen de unos ojos enrojecidos mirando fijamente a otro tiempo. Así que, recojo mis cosas y sin llamar la atención regreso a mi torre de marfil para seguir maquillando la realidad cotidiana por un módico precio.
Estamos enganchados a lo superfluo como animales heridos en busca de respuestas. No importa la religión que profeses, todos tenemos una para contentarnos y seguir adelante, o para levantarnos cada mañana sabiendo que tomar la pastilla azul tuvo un sentido. Somos la cúspide evolutiva de no se qué mutación de un pez que salió a la superficie y consiguió respirar. Es la selección natural de la especie y muchos científicos podrían razonártelo mejor que yo hasta convencerte. Pero nadie me ha explicado por qué el amor duele en ocasiones y la soledad puede curarnos en silencio. Estamos enganchados a lo superfluo como animales heridos en busca de consuelo. No importa el origen que escojamos ni el destino hacia el que caminemos, cada uno tiene una estampa a la que rezar al irse a la cama. Aunque nunca me gustaron los dogmas ni las personas que los empuñan como armas arrojadizas o de doble filo. Elige tu credo a la carta y sé feliz mientras puedas, pero no me vendas simulacros en nombre de cualquier dios de tradición milenaria. Nuestros antepasados, como nosotros, estaban enganchados a lo superfluo y eligieron su camino como nosotros escogemos cualquier forma válida de trascendencia.