Cuando era un niño teníamos un pastor alemán en la casa de campo familiar. Tenía un pedigree envidiable y era nieto de auténticos campeones alemanes en no se qué disciplina. Poseía una intuición muy desarrollada para empatizar con el estado de ánimo de cualquier miembro de mi familia. Quizá por eso nunca lo tratábamos como un perro ni él mismo se comportaba como tal, salvo en ciertas noches en donde la luna llena lucía orgullosa en el cielo, iluminando todo el páramo hasta el río. Esas noches aullaba como un lobo (y no como un hombre) y se escapaba con una manada de perros salvajes que malvivía por los alrededores. Pero Rufo, que es así como se llamaba, seguía comportándose como un hombre y cada madrugada, en vez de escaparse y seguir la llamada de la naturaleza, acababa volviendo a casa con las orejas bajas y el rabo entre las piernas. Tampoco ahí mi padre lo trataba como un perro. Le reñía utilizando argumentos y razones que sólo los hombres comprenden. Él se acostaba a los pies de su amo, sumiso como cualquier hombre que vuelve tarde a casa y sin excusas en una madrugada cualquiera. Yo nunca me escapo con perros salvajes que malviven en mis alrededores, pero en ciertas noches de luna llena, al volver a casa tras un malentendido, me acuerdo de mi perro y de que siempre se comportó como un hombre. Así que agacho las orejas y sumiso me meto en la cama buscando esa mirada de comprensión que buscaba mi perro y que muchas veces yo mismo no sé ofrecer.
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