Nos refugiábamos en ti para acercar el oído a la tierra y escuchar así el mundo.
Entrábamos en tu interior como se entra en otro tiempo, con la incertidumbre de encontrarlo todo bajo un orden que aún no nos pertenecía.
Pero han pasado los años y aunque hemos dejado de ser adolescentes sigues ahí con tus entrañas de madera, con tus declaraciones de amor llenando los cajones, y hemos pasado de ser transeúntes a habitantes con mesa reservada.
El tiempo que todo lo destruye ha pasado de largo de tu portón de madera, como si alguien lo hubiera marcado con la sangre fresca de un cordero, para que podamos seguir celebrando medianoches con olor a París y cruzando puentes en Praga sin salir de tus cuatro paredes.
Alberto,
ResponderEliminarsoy Esther de Granada, no te he encontrado en el Facebook o sea que he buscado tu blog.
Vamos hablando.
Un abrazo,
e.