martes, 2 de marzo de 2010

PALABRAS QUE SEDUCEN


Con La seducción de las palabras, Alex Grijelmo nos propone jugar a un juego, al juego de conocer lo que realmente dicen las palabras. A menudo la mayoría de nosotros nos quedamos con la parte más racional del significado, el qué, pero ignoramos el poder que se esconde tras ese velo, el cómo, el porqué, y lo más importante de todo, lo que no nos dicen las palabras pero sí sus “sentimientos”.

Grijelmo enfoca el libro presentándonos la palabra en su sentido más irracional, mostrándola a modo de metáfora como un recipiente que en su interior guarda un conjunto de sensaciones-sentimientos que en cualquier momento se puede desatar contra emisor y/o receptor.

La palabra vive, siente y evoluciona. Nace en un tiempo convertida en algo, en un significado, pero la historia, tanto la del hombre como la de la propia palabra, la pule y la moldea haciendo que evolucione, interaccione e incluso se metamorfosee.

En sus dos primeros epígrafes, el libro nos introduce en la palabra y en la seducción que ésta siempre produce, ya sea en su realidad social o en su realidad más individual.

El orador, como el escultor o como el pintor, es un artista. Es un genio que esculpe ideas y pinta con palabras realidades e historias. Y como genio que es, en cualquier momento, el sonido, el dulce aroma o la forma de transmitir las palabras, puede hacernos caer en la terrible seducción.

Don Juan, Romeo o el mismo Bécquer fueron grandes seductores, no por lo que eran en sí, sino por lo que eran capaces de hacernos sentir. Son grandes seductores porque nos enamoran con sus palabras. Esto tiene mucho que ver con el lenguaje del amor y de la conquista sentimental, donde la seducción de las palabras llega a su cumbre, porque “no hay nada mas grande que el amor y nada más fuerte que el querer”. El autor nos presenta variados ejemplos. En uno de ellos nos explica que es mucho mas seductor decirle a una amiga “¿Quieres que durmamos juntos esta noche?” que “¿hacemos el amor esta noche?”. Que el amor resida en el corazón, nos dice el autor, y no en el cerebro (que es realmente donde está), se debe en gran medida a la seducción de las palabras.

La publicidad vende y vende mucho. Es otro tipo de lenguaje seductor en el que se combina texto e imagen. Quizá, dice el autor, sea la imagen la que llama nuestra atención, pero por debajo, está esa frase acertada, cargada de fuerza subliminal, que archivamos en nuestra base de datos y nos manipula en cierto modo, los deseos y las necesidades.

Las palabras que dicen poco pero expresan mucho, la dulce derrota” y la amarga victoria” a las que se refería González en las elecciones de 1996, los términos antagónicos, las metáforas mentirosas, etc., componen buena parte del lenguaje político.

En la Alemania de la Segunda Guerra Mundial, sonaba muy bien eso de lucha de razas” y en cierto modo es comprensible, me explico. “Luchar” siempre implica la presencia de un adversario, y ante un adversario ( y más si es de otra “raza”, podría decir Hitler) es lícito defenderse, ¿o no? Pero, sin embargo, lo que proponía el duce con esa afirmación era bien diferente. Con el paso del tiempo esa frase fue “desenmascarada“ por la historia, y sus sílabas fueron tildadas por todos los horrores que ampararon. El autor vuelve a incidir aquí en el peligro que nos acecha tras cada afirmación, por eso da un toque de atención y nos advierte que los mecanismos de defensa (seguramente los únicos)...se relacionan directamente con la capacidad de reflexión del lenguaje. Grijelmo ve en este punto a los periodistas como complices y colaboradores del engaño, afirmación que parece, desde mi punto de vista, demasiado generalista (no todo es blanco o negro).

Otros de los mecanismos empleados en la seducción artificiosa de la palabras, consiste en emparejar una palabra con otra de un área de conocimiento diferente. Así se produce lo que el autor denomina la incursión en el área ajena. Pero no se crean que la cosa viene de lejos. Ya en la Grecia Clásica, en la Roma imperial, o en la misma Edad de Oro de nuestra literatura, escritores y poetas, utilizaban la técnica de la guerra a la hora de hablar del amor. Mezclaban términos bélicos con su más dulces palabras y así nos hablaban de sus estrategias o victorias. También el lenguaje deportivo utiliza la técnica: el artillero fusiló al portero.

Que un profesor se dirija a un aula diciendo alumnos y no alumnos y alumnas puede ser, según el autor, una herencia del pasado machista. En la actualidad estamos llegando poco a poco (y muy poco a poco) a lo que podría parecerse a la igualdad. Pero todos los siglos que nos han precedido siguen pesando y el lenguaje sexista se sigue filtrando.

Hablar de epopeyas, cruzadas, de castillos y de leyendas que cuentan historias mágicas, siempre ha resultado atractivo al oido y al intelecto, porque nos lleva al pasado glorioso de nuestro mundo moderno. Este uso de las palabras viejas en contextos modernos constituye quizás el engaño más dulce y difícil de rechazar, porque escuchándolas (las palabras) recuperamos algo del tiempo perdido y pasado, nos sumergimos en su sonido y en su olor, y aceptamos gustosamente el juego de la seducción, aunque nos demos cuenta de la trampa.

En el último epígrafe del libro, el autor hace una recapitulación acerca del valor, el peligro y la belleza de las palabras. Se podría decir que el último capítulo resume todos los anteriores y condensa de forma perfecta la idea del libro.

Es casi seguro nunca podremos apreciar toda la fuerza que las palabras nos transmiten. El autor, con ese dominio mágico que tiene del lenguaje, nos cuenta a modo de fábula, un cuento con moraleja; una historia, la gran historia de la seducción de las palabras, esas que tanto utilizamos y que siguen siendo las grandes desconocidas.

Seguramente su pregunta, la del autor, será: ¿Habré conseguido algo?. Y la respuesta, la de este lector que escribe, es un y un gracias. Y como en todos los buenos cuentos, tiene que haber un final, y a poder ser, bonito. El autor nos regala con la cita final el suyo: Las palabras pueden producir la melancolía con el sonido de un violín pero también la guerra con el sonido de los tambores. Las palabras engatusan y repelen, edulcoran y amargan, perfuman y apestan. Mas nos vale que conozcamos su fuerza.


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